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Expedición Rosique: Una mente brillante

Por: Staff FT 15 Mar 2018

Cambio y adaptación, valentía y evolución. Javier Mascherano siempre estuvo dispuesto a aprender a gran velocidad, sólo así podría triunfar.


Expedición Rosique: Una mente brillante

Es junio de 2002 en Fukushima, Japón. La brisa del Pacífico refresca los campos de fútbol de la J-Village, el complejo deportivo que habita Argentina durante el Mundial. Enfundado en una casaca de entrenamiento, un menor de edad disputa la pelota –frenéticamente– en el mediocampo. Frente a él tiene a Matías Almeyda y a Diego Simeone, a Sebastián Verón y a Marcelo Gallardo, a Gabriel Batistuta y a Hernán Crespo… Los que eran sus referentes en River Plate ahora son sus “compañeros” –así, entre comillas– porque aunque el chico entrena con esa selección que compite en Corea-Japón, él aún no ha debutado en primera división.

Con 17 años de edad, está ahí, viviendo el Mundial más cerca que nadie, durmiendo y comiendo con el equipo, experimentando la exigencia, escuchando las charlas del entrenador y, sobre todo, aprendiendo, absorviéndolo todo, porque desde que era niño, se prometió hacer lo que fuera necesario para jugar una Copa del Mundo.

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Ese joven se llama Javier Mascherano, y Marcelo Bielsa lo llevó a Japón como sparring, junto a otro juvenil que terminaría también jugando un Mundial: Pablo Zabaleta. La tarea de los dos “aprendices” es completar los interescuadras y exprimirse en las prácticas, para elevar la calidad de los entrenamientos. Bielsa conoce a Javier desde los 14 años, cuando era parte de la selección sub 15. Algo extraordinario vio Marcelo en Mascherano que nunca le perdió la pista en las selecciones inferiores. Un año después de aquella aventura asiática, Mascherano seguía sin debutar con River Plate y, aún así, Bielsa se atrevió a convocarlo a la selección absoluta. Ese llamado provocó que todo el fútbol argentino mirara con intriga al reservista. ¿Qué veía un genio como Bielsa en aquel joven?

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Grandes sacrificios

Según las investigaciones de Gould, Dieffenbach y Moffett (2002), los campeones olímpicos poseen una serie de características que ellos denominan “inteligencia deportiva” (capacidad de análisis, control de la ansiedad, confianza en sí mismos, fortaleza mental, resiliencia, habilidad para bloquear las distracciones, concentración, ética, orientación hacia objetivos, grandes niveles de optimismo y esperanza, perfeccionismo adaptable, tendencia a la innovación, aprendizaje rápido, disposición para ser entrenado, etc.)

“Esa obsesión por tomarme las cosas en serio y zambullirme en lo que me apasiona la tengo desde la infancia”, le cuenta Mascherano a Nicolás Miguelez, en el notable libro: “Los 15 escalones del liderazgo” (2015). “A los 13 años renuncié a todo. Dejé de salir, de divertirme, de perder el tiempo haciendo cosas de chico. Pero yo soy así, y ese entusiasmo por entregarme a lo que me apasionaba me marcó desde mi niñez (…) A mis 16 años, salía de mi casa a las seis de la mañana y volvía a las nueve de la noche. Hacía dos horas y media de ida al club Renato Cesarini, y dos horas y media de regreso. Llegaba cansado, pero tenía que ponerme a estudiar porque ya estaba en la secundaria. Ese año, con todo el sacrificio que tuve que hacer, no reprobé ni una materia”. Su madre, Chiche, relata que cuando Javier era adolescente y vivía en la pensión del club, prefería quedarse los fines de semana a descansar allá, para evitar que sus amigos del pueblo lo llevaran a las fiestas del barrio. “Con el tiempo comprendes que no me equivoqué en tomármelo tan en serio”, relata Javier.

La fórmula del éxito

Del debut en River Plate, a la medalla de oro en Atenas 2004; luego vino el fichaje con Corinthians, con el que ganó el Brasileirao. Su primer Mundial, Alemania 2006 y su pase al West Ham United.

En Londres vivió su etapa más difícil, jugó apenas siete partidos, sin embargo supo mantenerse en forma por si la fortuna cambiaba. Y lo mejor es que la suerte dio un viraje maravilloso. Tras media temporada fallida con los Hammers, Rafa Benitez lo rescató y lo llevó al Liverpool. Cuatro meses después, Javier estaba disputando la final de la Champions League 2007. Un año más tarde, repitió como campeón olímpico, ahora como refuerzo mayor.

“(Javier es) una máquina de procesar información y conocimiento. Aprendió todo lo que pudo trabajando con diferentes entrenadores. Se reinventó en su puesto: parecía nacido para ser un número 5 clásico, y se convirtió en un jugador completo y solidario (…) Logró superarse incorporando algunas características bastante ajenas a su naturaleza. Nunca se conformó ni dijo ‘hasta aquí llegue’”, dice Diego Latorre.

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Cuando estaba afianzado en Liverpool, Javier buscó algo superlativo: el Barcelona. Aceptó el reto aun sabiendo que tendría que competir con Sergi Busquets, el centrocampista perfecto para el juego blaugrana. Con todo y eso, Javier se ganó la titularidad en un puesto diferente, como defensa central, y fue parte del mejor equipo de la historia. “Si no eres capaz de adaptarte rápido a un ambiente cambiante, si no puedes pensar de manera creativa, vas a perder en esta sociedad y habrá muy pocos espacios para ti”, asegura Robert Stenberg, autor del libro “Inteligencia para el éxito”.

Bielsa, Benítez, Pekerman, Guardiola, Maradona, Batista, Martino, Sabella, Luis Enrique, todos han sido cautivados por el coraje competitivo de Mascherano. 19 títulos con clubes,  incluyendo dos Champions League, tres Mundiales y más de 140 juegos internacionales respaldan lo que vio Marcelo Bielsa en aquel adolescente: voluntad para perfeccionarse, humildad para aprender, capacidad para gestionar egos, etc.

Mascherano sintetiza así su fórmula del éxito: “Suéñalo y sal a buscarlo”; “Sacrifícate”; “Agota todas las posibilidades”; “También eres tus errores”; “Asume tu rol”; “No eres el mejor”; “Escucha”; “Apasiónate”; “Líder te hacen los demás”; “Desconfía de los resultados”; “Traza un camino”; “Pregúntate siempre ¿por qué?”; “Tu rival eres tú”; “Inspira”; “Ríndete ante el conocimiento”.

Y ahora viene la aventura en la Superliga China y también Rusia 2018, su cuarto Mundial; más cambio, más aprendizaje, más evolución… Ése es Mascherano, quien además –con su carrera– respalda la teoría de Gould, Dieffenbach y Moffett: “Los campeones olímpicos poseen una inteligencia deportiva”; y es cierto, porque Javier no tiene una presea dorada, sino dos.

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